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Si creíamos que el terrorismo (inclúyase también al narcoterrorismo) desapareció, las trágicas fotografías de los diarios, en sus portadas, nos recuerdan que todavía pueden asesinar, y más aun, calcinar cuerpos de militares. Los lamentables fallecimientos de los valerosos militares en el Valle de los Ríos Apurimac y Ene (VRAE) nos aclaran el panorama: hay fuerzas internas, apoyadas por armas y dinero, que pueden ganar conflictos en nuestro mismo territorio.

La selva inexplorable es el escenario en donde se combate. Decir que nuestros militares son ‘malos’ es caer en la ignorancia de opinar de lo que no se conoce. Combatientes que se les acusan de violar los derechos humanos están cayendo poco a poco en nuestro único suelo patrio declarado en emergencia todo el año. VRAE no es suelo de narcoterroristas, es suelo peruano.

Estrategias inmediatas de recuperación deben plantearse ya. El Premier Velásquez dijo que durante los 36 meses de gobierno se ha intervenido con más de 618 millones de nuevos soles en el VRAE; entonces se concluye que el problema es escasez de recursos. No. Y muchas veces no. Lo recursos complementan las estrategias bien definidas y elaboradas por altos mandos que conocen la zona, no que se manda desde Lima.

En el VRAE no luchamos contra revolucionarios anarquistas, ni mucho menos contra ‘tomadores de carreteras’. Nos enfrentamos a ‘narcos’ que producen más de 300 toneladas de cocaína al año. Nos enfrentamos a cárteles que han etiquetado al Perú como el mayor exportador del estupefaciente en el mundo. Ni Pablo Escobar nos podría ganar si viviera (o talvez puede seguir vivo).

El Perú no está en un proceso de eliminación del narcoterrorismo como dice el Premier, todo lo contrario estamos en un tiempo de crecimiento. Si no se pone un freno ya, definitivamente las muertes de nuestros valerosos militares del VRAE dejarán de ser noticia por su continuidad. Para Velásquez Quesquén la solución está en “preparar medidas a mediano o largo plazo”. La organización es lo mejor, cierto; pero cuidado nos demoremos 15 años en averiguar cómo recuperar el VRAE y Huallaga.

Bolivia nos pide que seamos más rigurosos en el cuidado de nuestras fronteras para evitar el narcotráfico. Escuchemos a los bolivianos pues tienen toda la razón. Aunque Colombia produzca 430 toneladas al año (y Perú 302), el país del Vallenato incauta 198 toneladas de esa droga. Mientras que las divisiones peruanas encargadas del decomiso de los estupefacientes solo lograron incautar 20. Es decir, nada.

El problema grave no es ni la falta de logística ni el poco presupuesto; la causa de las derrotas y fallecimientos constantes son que los altos mandos militares no están realizando bien su único trabajo: pensar y elaborar estrategias tanto eficientes como victoriosas.

No pensemos que una muerte se cura con que un ministro, o un general, visite la familia del fallecido para luego indemnizarlo, recuerden que hay más de 200 militares en emergencia esperando que se les mande a la ‘zona roja’. Ahórrense las visitas vestidos de negros y hagan su trabajo. Nuestros militares también son personas.

José

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Llego a este post de Isaac León Frías en el superblog que es Páginas del Diario de Satán gracias a mi lector de feeds que estaba explotando de entradas sin leer. Se trata de la publicación del libro Imaginarios sociales e imaginarios cinematográficos del Profesor Javier Protzel. Lo lamentable es que la nota no ha tenido mucho rebote, pero en fin, no se puede pedir peras al olmo.

Lo cito en extenso porque vale la pena saber de qué va el libro.

“En efecto, el libro rinde cuenta de una búsqueda, de una indagación en un terreno poco explorado en América Latina y prácticamente nada en nuestro país. Protzel se acerca, en primer lugar, a experiencias lejanas, las de la India y Japón, dos cinematografías con mucho arraigo, en las que ofrece algunas pistas para enhebrar los vínculos de algunos films con las raíces de las que provienen. Sigue con dos experiencias autorales, la de Robert Bresson en Francia y la de Alexander Sokurov en Rusia. Viene luego su aproximación a los cines latinoamericanos en los que, para decirlo en sus palabras, las figuras de la desigualdad y del poder se han manifestado de una u otra manera a través del tiempo. En la parte más enjundiosa del libro Protzel se interna en el cine peruano y hace una lectura de varios de los títulos que jalonan el desarrollo accidentado de la cinematografía del país, desde Kukuli“.

Ya hice la sugerencia en la biblioteca de mi universidad para que consigan algunos ejemplares. Estudios de este tipo deben ser bienvenidos con el eco necesario. Nada más útil que el arte para enterarnos quiénes somos.

Enlace: Identidad y cultura en el cine - Páginas del Diario de Satán

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Ayer recibí un correo de mi amigo, el periodista colombiano Iván Malla. En el mail, por demás jugoso y casi enciclopédico (4000 caracteres!!) me contó su impresión sobre la posible postulación de Álvaro Uribe a un tercer período:

“… aquí la cosa se pone peor. La verdad es que lo que nuestro presidente pretende hacer tiene mucho de parecido con lo que critica. Me molestan las formas con las que el aparato oficialista maneja la posible rereelección. Nadie se indigna, nadie protesta. Todos a favor del turno, nadie a favor de la democracia a largo plazo. Definitivamente será un error un tercer período, todos los terceros períodos son un error, tú lo sabes mejor que yo…”

Es cierto que todos los peruanos sabemos que las re-reelecciones son poco democráticas. Pero lo que me llama la atención es que si uno polariza las intenciones de Uribe y las formas de Chávez, por ejemplo, se encontrará con un indignante equilibrio: los dos piensan que hacen las cosas bien, los dos siguen ideales sólidos, los dos tiene suficiente popularidad y los dos creen que solo ellos podrán encaminar a sus países. La comparación es terrible pero gráfica, y evidentemente Uribe, que a mi gusto hizo las cosas bien, sale perdiendo. Como dice el Washington Post en una editorial que dedica al tema de la re reelección: “el mismo éxito amenaza con ser el germen de su infortunio”.

Hace poco escribí un artículo sobre el fenómeno centro en la política uruguaya y la caída de las etiquetas derecha e izquierda de cara a las elecciones de octubre en Montevideo. Mi tesis entonces era que de a pocos la política latinoamericana parece alejarse de los viejos formatos,  pero esto de Uribe me ha hecho repensarlo. ¿Será necesario aparentar una ideología sólida siguiendo libretos tradicionales derecha/izquierda? ¿El fenómeno centro es una ilusión?

Puede que estemos frente a una terrible realidad. Puede que sólo sea una crisis de asesores políticos. Esto último agradaría a Iván.

Santiago.

Esta portada la guardaré por años. La guardaré para enseñársela a los hijos que haga. La guardaré para que mientras la vean escuchen el cuento que vengo ensayando hace no poco tiempo. Ese que dice cómo comencé a escuchar a Charly: cuando la genialidad era bicéfala y se llamaba Sui Generis. Contaré, luego del cuento, que conseguí el LP de las sesiones de Piano Bar en un mercado boliviano a cambio de mi walkman y 20 pesos, que conocí a María Luisa y con ella al Charly rock star, el de Say No More, y que conocí a César y con él al Charly más experimental (La Máquina de Hacer Pájaros). Y si todavía me escuchan -porque es probable que entonces estén cansados o distraídos-, les contaré que lloré un par de minutos cuando ví su foto luego de enterarme que volvía.

*La crónica está en la edición de agosto de Rolling Stone Argentina. Es de Ernesto Martelli y las fotos son de Fernando Gutiérrez.


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“Mediocre” (qué modernidad!), el primer disco de Ximena Sariñana, es un atractivo proyecto que bien podría ser una lección para aquellos acostumbrados a reducir el negocio musical solo a  imagen y  publicidad. Pero lo valorable de la producción de Sariñana, además de las proezas comerciales (platinos, reediciones), es haber logrado una rúbrica esencialmente pop con fuertes estándares de jazz y blues. Quizás por eso su carrera se ubique mucho más cerca de Chan Marshall (Cat Power) o Jenny Lewis que de ese mediano intento musical que fue Julieta Venegas, con quien en un principio se la comparó.

La voz de Sariñana encanta al primer contacto, lo que puede deberse a su gravedad acogedora, tan propia del blues, tan compungida y lanzada de a pocos, a veces a gritos, a veces a susurros (¿Tracy Chapman, Ella Fitzgerald?, puede ser). Alguien decía que después de un buen cantante siempre queda un buen intérprete, lo que podría aplicarse al disco de Sariñana, a pesar de que esto sea una primera entrega todavía joven y disimulada. Hay, pues, en el registro de Sariñana una versatilidad memorable que la hace sonar igual de cómoda con un fondo de vientos y piano como con una pista de brillitos y beats. Puede que sus letras, algunas más flojas que otras, también ayuden a generar ese clima de comodidad (o intrascendencia, o poca pretensión) que recorre todo el disco. Comodidad también visible en sus directos, que resultan, como ya se ha dicho, testigos de la buena interpretación de Sariñana (su bailecito es pegajoso y hasta conmovedor).

Las canciones que más me gustan del disco son Pajaritos (en inglés) y Cambio de piel, aunque este directo de Normal es insuperable.

Santiago